En el temor de una tarde
Y sólo le dije la verdad.
Era el Martes de un Diciembre, no recuerdo con cuánta frecuencia solía quejarme de mis achaques, porque a decir verdad, soy muy malo para eso de recordar las cosas, pero ese día en especial brilla aún en mis recuerdos por haberlo hecho más de lo acostumbrado, (que seguramente era bastante) . Pues después de haber tenido que partir, Laura llamó al móvil para preguntarme:
– ¿Volverás mañana o debo esperar hasta que dejes de sentirte mal como todos los inicios de semana? –
– Nah – Respondí con irritación mientras que pensaba un poco en Dailea y cortaba la llamada por no poder responderle.
Pasé unas horas arrepentido de sentir aquello que no podía ocultar más, claro si yo amaba a Dailea, pero Laura lo sabía ¿Cómo lo iba a ocultar? Dailea nunca supo que esa otra estaba anclada a mis sentimientos no sé exactamente de qué modo.
¿Qué tan importante era para mí Laura? No mucho, lo supe después de volver a cortar su llamada minutos después y de clavar mis dedos en los dígitos del móvil tecleando, tembloroso y casi sin conciencia, el número de Dailea.
Le dije que necesitaba verla, y que era urgente, que no podía esperar más para decirle la verdad.
- Te he esperado mucho tiempo - Dijo - ¿Por qué no esperas ahora tú? Sólo serán un unas horas, te llamo cuando me desocupe y hablaremos sobre Laura y tus amores -
- ¿Qué? (¿Cómo lo sabía? Me pregunté) Dailea pero es que. . . –
Escuché en el fondo de la llamada una voz varonil que decía: Anda mujer, que no tengo todo el día, y colgó. ¿Quién era ese imbécil? Volver ¿Pero de dónde? ¿Dailea me engañaba como yo a ellas? nah. Seguro era algo laboral, si eso seguramente. Me dije para darle fin a la incertidumbre mientras la maldecía con brutal fuerza y la extrañaba tanto como a mí Laura.
Pasé toda esa tarde pensando en cómo decírselo a cada una. Fui al Café de la Vieja Ronda, que se asomaba al costado de la calle Américo Vespucio como para querer ver lo que en Simón Bolívar ocurría, y nada, sólo era yo, algunos otros idiotas que pasaban por ahí y los gritos de algunos niños bajo los papalotes y las pelotas o tras la fuente y los payasos mientras que sus padres se besaban, pero fui a contárselo personalmente. Tomé un par de cafés antes de pedir la cuenta, harto de tanta mierda que invadía mi mente, y mientras esperaba terminar el cigarrillo para largarme hundido en mis pensamientos, lancé mi vista a la estrecha esquina que Bolívar y Vespucio hacían para mí. ¡Oh no! La vi allí, ella pasó como soplando el viento que movía las cortinas de la habitación que enfrente entreveraba el amor que se ardía dentro y daba a mi rostro una sensación de pureza, (falsa claro) y no me paré de urgente, ni fui a charlar con ella, no pensé en maldecirla pues, para entonces había respondido la llamada de Laura esta vez.
Y yo sólo le dije la verdad.
Minutos después la vi entrar a La Ronda, no a Dailea sino a Laura pues, como les dije, yo sólo le dije la verdad y dentro de ella estaba mi ubicación así que se ofreció en acudir para charlar y yo acepté. Después de todo, nada puede ser peor que sentirse tan desafortunado como yo en ese momento. Pensé en silencio, pero parece que me equivoqué. Había algo que no logré prever, Laura me amaba y yo, sólo le dije la verdad.
Le dije que debía ser sincero y que en realidad estaba esperando a alguien, hablamos un rato y pensé tanto en Dailea que tomé la decisión más estúpida de mi vida. Llamé a Dailea cuando fui al baño, le dije que sabía perfectamente que ella estaba aquí.
- ¿En dónde aquí? Pregunto desconcertada.
- Cerca de aquí- dije - Pues te vi pasar por la plaza de San Carlos frente al Bolívar.
- ¡Claro! ¿Pues dónde más iba a estar? Llamé a Ricardo y dijo que te hallaría por ahí. ¿Por qué no me llamaste? Dijo algo de un viejo café de ronda o algo así. Pero no supe nada de lo que decía.
- ah pues . Te veo en ese café 15 minutos ¿Te parece?. Está en la esquina de Vespucio y Bolívar. Café de la Vieja Ronda. Pues tengo algo que decirte y aunque te amo prefiero la verdad.
¡Maldita! Pues me volvió a colgar, así que asumí que no vendría y volví con Laura.
Laura, sé que la mujer a la que amo me engaña y no lo puedo soportar más. Dije de un solo golpe, pues para que darle vueltas. Ella dijo que jamás me engañaría y que le alegraba saber que mi amor era real pues ya lo estaba empezando a dudar.
Cuando ella me miró, sólo le pude decir que jamás la dejaría por otra. Pero apenas terminé de pronunciar mis primeras tres mentiras y en su rostro de ternura, se dibujó una sonrisa clara y noble, que me redujo a la mierda que brotaba de mi primera mentira. Y supe que ella lo sabía. Aún así, al sonreír dijo que me amaba y que tampoco ella me dejaría por alguien más. Así que ambos supimos la misma mentira, colectiva, pues era la misma que protagonizábamos Dailea y yo. Era un triángulo de estupidez labrado por una sola mano.
Cualquier sonrisa era perfecta ahora para desconfiar y en cada una de mis palabras asomaba el esfuerzo vencido de una verdad rebajada a la humillación tras la mentira.
Como les dije anteriormente, no soy muy bueno para recordar las cosas, así que no recuerdo exactamente todo lo ocurrido. Pero sé que después de ese día no volví a ese café.
Pues esa noche, ya no podíamos mentir. Cuando la abracé supe que era en Dailea en quien pensaba. Pero recordé sus palabras como lo hago ahora y las comparé con el resultado de mis mentiras y su orden, así que, con un ligerísimo análisis pude ver el infecundo cuerpo de su mentira.
Todo estaba arreglado para entonces, pues ella no me amaba como yo creía y así sería más fácil dejarla por Dailea sin que esta se enterara de la verdad y todos pudiéramos seguir así.
- Que idiotez. - Me dije después de pensar esto.
No resolví nada, pues su mirada me inquietaba, parecía esperar otra mentira y yo esperaba decirle la verdad.
Nada de esto me hubiese pasado si al enredarme con Dailea el amor no me aguardara.
Es difícil poder relatar algo que escasamente recuerdo, pero no olvido jamás cuando después del lloro y las palabras que reduje a la mísera humillación, llegó Dailea, y al disculparse porque la batería de su móvil se terminó justo al hablar. Pregunto - ¿Qué verdad me dirás? sin dejar de mirar a Laura.
Yo temblé un poco e inmediatamente me levanté para recibirla, de modo que pareciera cortesía, pero por dentro la mierda me comía, me decía mi experiencia que no confiara en ella al cabo de un ligero análisis que emprendí en el baño. Pues a su llegada no se me ocurrió nada que decir, así que sólo dije como presentación de ambas:
- Laura. Levántate. Mira, ella es Dailea, la mujer con la que te engaño todos los fines de semana y que no puedo ver días como este y el de ayer. ¿Me entiendes no?.
Dailea ella es con quien te miento todos los días, aún los fines de semana, pues es mi esposa. Y aunque no quiera verla, vive en mi casa. ¿Cómo evitarlo?
Pero, Dailea yo Te Amo. De verdad. . .
Ambas quedaron completamente idiotizadas y se miraron no sin el mismo odio con el que me miraban a mí. Nada dijeron, sólo supieron la verdad.
- Saben. Creo que deben hablar un poco sobre esto. Dije invadido por el temor y huí-
Dije ya que había hecho una estupidez gigantesca, como para recuperar mi postura de imbécil ante ellas y no ser golpeado o que ocurriera algo fatal, de esas cosas que suelen hacer las mujeres, así como tirarse del cabello mutuamente, darse golpes o pronunciar miles de cosas con gritos en medio de una cena en un café. No, definitivamente yo no quería formar parte de eso, así que les di un poco de espacio para que lo hicieran, sin complicación alguna y me fui sin saber a dónde.
Pero cometí una estupidez más, me fui al baño.
¿Por qué al baño? Me pregunté mientras pensaba en lo que haría. Ninguna de las dos me querría ver más, eso lo supuse.
Pero debo hablar con ellas, (por separado claro) a Dailea la amo y a Laura no, pero siento algo muy profundo por ella. ¿Cómo harán los demás para engañar a las mujeres de este modo y sin complicaciones? Es una pregunta de la que aún quisiera conocer la respuesta. Pues esa era la primera vez que lo hacía, y no he sido tan afortunado para saberlo. La primera y la última pensé.
Después de estar casi media hora escondiendo mi idiotez en los pasillos del baño, salí, me llené de un gran valor y decidí enfrentarlas, sí, a ambas juntas pues no me importaba más lo que ocurriera, nada podría ser peor.
No sé exactamente que me hizo pensar que aún estarían ahí, ¿Charlando? ¡Qué imbécil! Efectivamente no, no estarían esperando a que yo saliera del baño y charlara con ellas, fui un imbécil. Sé que lo he dicho ya miles de veces en este relato, pero no puedo dejar de pensar que lo soy pues, aún así, tenía que volver a casa, eso lo olvidé, y Dailea era mi vecina. . .
Era el Martes de un Diciembre, no recuerdo con cuánta frecuencia solía quejarme de mis achaques, porque a decir verdad, soy muy malo para eso de recordar las cosas, pero ese día en especial brilla aún en mis recuerdos por haberlo hecho más de lo acostumbrado, (que seguramente era bastante) . Pues después de haber tenido que partir, Laura llamó al móvil para preguntarme:
– ¿Volverás mañana o debo esperar hasta que dejes de sentirte mal como todos los inicios de semana? –
– Nah – Respondí con irritación mientras que pensaba un poco en Dailea y cortaba la llamada por no poder responderle.
Pasé unas horas arrepentido de sentir aquello que no podía ocultar más, claro si yo amaba a Dailea, pero Laura lo sabía ¿Cómo lo iba a ocultar? Dailea nunca supo que esa otra estaba anclada a mis sentimientos no sé exactamente de qué modo.
¿Qué tan importante era para mí Laura? No mucho, lo supe después de volver a cortar su llamada minutos después y de clavar mis dedos en los dígitos del móvil tecleando, tembloroso y casi sin conciencia, el número de Dailea.
Le dije que necesitaba verla, y que era urgente, que no podía esperar más para decirle la verdad.
- Te he esperado mucho tiempo - Dijo - ¿Por qué no esperas ahora tú? Sólo serán un unas horas, te llamo cuando me desocupe y hablaremos sobre Laura y tus amores -
- ¿Qué? (¿Cómo lo sabía? Me pregunté) Dailea pero es que. . . –
Escuché en el fondo de la llamada una voz varonil que decía: Anda mujer, que no tengo todo el día, y colgó. ¿Quién era ese imbécil? Volver ¿Pero de dónde? ¿Dailea me engañaba como yo a ellas? nah. Seguro era algo laboral, si eso seguramente. Me dije para darle fin a la incertidumbre mientras la maldecía con brutal fuerza y la extrañaba tanto como a mí Laura.
Pasé toda esa tarde pensando en cómo decírselo a cada una. Fui al Café de la Vieja Ronda, que se asomaba al costado de la calle Américo Vespucio como para querer ver lo que en Simón Bolívar ocurría, y nada, sólo era yo, algunos otros idiotas que pasaban por ahí y los gritos de algunos niños bajo los papalotes y las pelotas o tras la fuente y los payasos mientras que sus padres se besaban, pero fui a contárselo personalmente. Tomé un par de cafés antes de pedir la cuenta, harto de tanta mierda que invadía mi mente, y mientras esperaba terminar el cigarrillo para largarme hundido en mis pensamientos, lancé mi vista a la estrecha esquina que Bolívar y Vespucio hacían para mí. ¡Oh no! La vi allí, ella pasó como soplando el viento que movía las cortinas de la habitación que enfrente entreveraba el amor que se ardía dentro y daba a mi rostro una sensación de pureza, (falsa claro) y no me paré de urgente, ni fui a charlar con ella, no pensé en maldecirla pues, para entonces había respondido la llamada de Laura esta vez.
Y yo sólo le dije la verdad.
Minutos después la vi entrar a La Ronda, no a Dailea sino a Laura pues, como les dije, yo sólo le dije la verdad y dentro de ella estaba mi ubicación así que se ofreció en acudir para charlar y yo acepté. Después de todo, nada puede ser peor que sentirse tan desafortunado como yo en ese momento. Pensé en silencio, pero parece que me equivoqué. Había algo que no logré prever, Laura me amaba y yo, sólo le dije la verdad.
Le dije que debía ser sincero y que en realidad estaba esperando a alguien, hablamos un rato y pensé tanto en Dailea que tomé la decisión más estúpida de mi vida. Llamé a Dailea cuando fui al baño, le dije que sabía perfectamente que ella estaba aquí.
- ¿En dónde aquí? Pregunto desconcertada.
- Cerca de aquí- dije - Pues te vi pasar por la plaza de San Carlos frente al Bolívar.
- ¡Claro! ¿Pues dónde más iba a estar? Llamé a Ricardo y dijo que te hallaría por ahí. ¿Por qué no me llamaste? Dijo algo de un viejo café de ronda o algo así. Pero no supe nada de lo que decía.
- ah pues . Te veo en ese café 15 minutos ¿Te parece?. Está en la esquina de Vespucio y Bolívar. Café de la Vieja Ronda. Pues tengo algo que decirte y aunque te amo prefiero la verdad.
¡Maldita! Pues me volvió a colgar, así que asumí que no vendría y volví con Laura.
Laura, sé que la mujer a la que amo me engaña y no lo puedo soportar más. Dije de un solo golpe, pues para que darle vueltas. Ella dijo que jamás me engañaría y que le alegraba saber que mi amor era real pues ya lo estaba empezando a dudar.
Cuando ella me miró, sólo le pude decir que jamás la dejaría por otra. Pero apenas terminé de pronunciar mis primeras tres mentiras y en su rostro de ternura, se dibujó una sonrisa clara y noble, que me redujo a la mierda que brotaba de mi primera mentira. Y supe que ella lo sabía. Aún así, al sonreír dijo que me amaba y que tampoco ella me dejaría por alguien más. Así que ambos supimos la misma mentira, colectiva, pues era la misma que protagonizábamos Dailea y yo. Era un triángulo de estupidez labrado por una sola mano.
Cualquier sonrisa era perfecta ahora para desconfiar y en cada una de mis palabras asomaba el esfuerzo vencido de una verdad rebajada a la humillación tras la mentira.
Como les dije anteriormente, no soy muy bueno para recordar las cosas, así que no recuerdo exactamente todo lo ocurrido. Pero sé que después de ese día no volví a ese café.
Pues esa noche, ya no podíamos mentir. Cuando la abracé supe que era en Dailea en quien pensaba. Pero recordé sus palabras como lo hago ahora y las comparé con el resultado de mis mentiras y su orden, así que, con un ligerísimo análisis pude ver el infecundo cuerpo de su mentira.
Todo estaba arreglado para entonces, pues ella no me amaba como yo creía y así sería más fácil dejarla por Dailea sin que esta se enterara de la verdad y todos pudiéramos seguir así.
- Que idiotez. - Me dije después de pensar esto.
No resolví nada, pues su mirada me inquietaba, parecía esperar otra mentira y yo esperaba decirle la verdad.
Nada de esto me hubiese pasado si al enredarme con Dailea el amor no me aguardara.
Es difícil poder relatar algo que escasamente recuerdo, pero no olvido jamás cuando después del lloro y las palabras que reduje a la mísera humillación, llegó Dailea, y al disculparse porque la batería de su móvil se terminó justo al hablar. Pregunto - ¿Qué verdad me dirás? sin dejar de mirar a Laura.
Yo temblé un poco e inmediatamente me levanté para recibirla, de modo que pareciera cortesía, pero por dentro la mierda me comía, me decía mi experiencia que no confiara en ella al cabo de un ligero análisis que emprendí en el baño. Pues a su llegada no se me ocurrió nada que decir, así que sólo dije como presentación de ambas:
- Laura. Levántate. Mira, ella es Dailea, la mujer con la que te engaño todos los fines de semana y que no puedo ver días como este y el de ayer. ¿Me entiendes no?.
Dailea ella es con quien te miento todos los días, aún los fines de semana, pues es mi esposa. Y aunque no quiera verla, vive en mi casa. ¿Cómo evitarlo?
Pero, Dailea yo Te Amo. De verdad. . .
Ambas quedaron completamente idiotizadas y se miraron no sin el mismo odio con el que me miraban a mí. Nada dijeron, sólo supieron la verdad.
- Saben. Creo que deben hablar un poco sobre esto. Dije invadido por el temor y huí-
Dije ya que había hecho una estupidez gigantesca, como para recuperar mi postura de imbécil ante ellas y no ser golpeado o que ocurriera algo fatal, de esas cosas que suelen hacer las mujeres, así como tirarse del cabello mutuamente, darse golpes o pronunciar miles de cosas con gritos en medio de una cena en un café. No, definitivamente yo no quería formar parte de eso, así que les di un poco de espacio para que lo hicieran, sin complicación alguna y me fui sin saber a dónde.
Pero cometí una estupidez más, me fui al baño.
¿Por qué al baño? Me pregunté mientras pensaba en lo que haría. Ninguna de las dos me querría ver más, eso lo supuse.
Pero debo hablar con ellas, (por separado claro) a Dailea la amo y a Laura no, pero siento algo muy profundo por ella. ¿Cómo harán los demás para engañar a las mujeres de este modo y sin complicaciones? Es una pregunta de la que aún quisiera conocer la respuesta. Pues esa era la primera vez que lo hacía, y no he sido tan afortunado para saberlo. La primera y la última pensé.
Después de estar casi media hora escondiendo mi idiotez en los pasillos del baño, salí, me llené de un gran valor y decidí enfrentarlas, sí, a ambas juntas pues no me importaba más lo que ocurriera, nada podría ser peor.
No sé exactamente que me hizo pensar que aún estarían ahí, ¿Charlando? ¡Qué imbécil! Efectivamente no, no estarían esperando a que yo saliera del baño y charlara con ellas, fui un imbécil. Sé que lo he dicho ya miles de veces en este relato, pero no puedo dejar de pensar que lo soy pues, aún así, tenía que volver a casa, eso lo olvidé, y Dailea era mi vecina. . .
